Lala la Mamá Coneja
Érase una vez, la primavera había llegado al bosque, poniendo flores en el cabello de todos y barro en sus zapatos. El bosque floreció por todas partes con colores—rosado, amarillo, blanco—como si alguien hubiera estornudado alegría sobre cada árbol.
Lala, una suave coneja blanca con orejas rosadas, se sentó en su madriguera viendo a sus siete pequeños jugar.
Tres se revolcaban unos sobre otros como pelotas rebotando. Dos inventaron un juego con reglas que solo ellos entendían. Las hijas mayores, Pepa y Olivia, hicieron coronas de flores con caras serias. Era la mejor época del año para jugar afuera.
Entonces el bosque contuvo la respiración por un momento que se sintió como para siempre.
Un grito aterrador rasgó los árboles—no un canto de pájaro o llamado de ciervo, sino algo que hizo que todos se estremecieran. El lobo saltó de las sombra como un mal sueño cobrando vida, sus dientes blancos afilados y sus ojos oscuros como una cueva profunda.
El tiempo se detuvo mientras todos se quedaban quietos. Luego, explotó con un grito profundo.
Los siete conejitos corrieron tan rápido como pudieron, cada uno corriendo en una dirección diferente lejos del lobo. Pero Lala se quedó quieta. Algo caliente y fuerte burbujeaba desde su vientre—no solo coraje, sino algo poderoso. Amor maternal con poder del trueno.
No mis hijos. No hoy. –Ella gritó.
El lobo se congeló, sorprendido. Esto estaba todo mal. Se suponía que los conejos debían correr. Siempre corrían. Pero este se quedó allí brillando con algo que él había olvidado que existía. Su propia madre tenía la misma mirada una vez, hace mucho tiempo, cuando él era solo un cachorro con grandes miedos. Ese amor salvaje y tonto que hace que cualquier criatura en el bosque sea más grande que un león.
La memoria lo golpeó como una piedra fría en el corazón. Odiaba cómo lo hacía sentir—incomodo y de repente pequeño otra vez, como el cachorro que una vez fue.
Con un aullido que sonaba casi como un llanto, se dio la vuelta y corrió de regreso al bosque.
Las piernas de Lala se sintieron tambaleantes. Ella cayó en la hierba.
¿Hice eso? La pequeña yo, que tiene miedo de los ruidos por la noche.
Lleno de orgullo su pecho, pero se encontró sola en la madriguera—tan silenciosa como nunca antes. Todos habían desaparecido entre los arbustos. Siete pequeños escondidos en algún lugar allá afuera, asustados y perdidos, incapaces de llamarla.
No podía ir a buscarlos. ¿Y si uno de ellos regresaba y la encontraba ausente? ¿Y si pensaban que el lobo se la había comido?
Entonces cerró los ojos, respiró hondo, y recordó el dicho de la abuela:
"Cuando estés perdida, mi pequeña, la música encuentra lo que los ojos no pueden. ¡Canta! para que puedan encontrar el camino a casa."
Lala dibujó una sonrisa en su rostro. Las orejas de conejo podrían captar sonidos lejanos—pensó. Cuando escuchen mis canciones, escucharán sus nombres y sabrán que soy yo—dijo emocionada. Cada niño tenía su propia canción, nuestro lenguaje único de amor.
Tomó una respiración profunda y comenzó a cantar:
"Pepa, Pepa, valiente y brillante,
Tu corona de flores brilla esta noche..."
La canción flotaba entre los árboles como un hilo dorado. En algún lugar lejano, una pequeña oreja se movió.
Lala siguio cantando...
Luego otra oreja se asoma.
Y una más.
Uno por uno, siguiendo el sonido de sus nombres, siete pequeñas figuras saltaron de sus escondites. Corrieron hacia los brazos de Lala y ella olía a chocolate y flores –el olor de casa.
Lala contó narices. Siete. Cada uno de vuelta a casa.
A medida que el cielo se convirtió en el atardecer, se apretujaron juntos en la madriguera—un montón de pelaje que se movía mientras todos hablaban del día en que mamá enfrentó al malvado lobo.
Pepa colocó su preciosa corona de flores en la cabeza de Lala.
“Eres la coneja más valiente de todas,” susurró.
Lala miró a sus siete dulces y especiales pequeños y pensó:
No soy valiente. Solo soy una madre. Lo que significa que soy todo.
Afuera, la luna salió para cuidar a todas las pequeñas criaturas del bosque. Y el lobo, en algún lugar profundo del bosque, soñó con aquel momento con mamá y una lágrima en su rostro.
Tu turno ahora
Al igual que Lala, puedes crear canciones únicas para tus pequeños—canciones que pertenecen solo a ti y a ellos. Una rima tonta sobre su mascota. Una melodía inventada sobre su ciudad. Una canción de cuna que suena como bailar. Porque la música es el hilo que une los corazones, el mapa que siempre conduce de vuelta el uno al otro.
Cuando el mundo se siente grande y aterrador, es fácil perderse. Tus canciones los traerán de vuelta a casa.
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